Especialistas destacan la necesidad de combinar diagnóstico de susceptibilidad a acaricidas, manejo de praderas, control biológico y cumplimiento de periodos de retiro para proteger los hatos.
El control de la garrapata común del ganado (Rhipicephalus microplus) representa uno de los mayores desafíos sanitarios y económicos para la ganadería de pastoreo en las regiones tropicales y subtropicales de México. La infestación parasitaria no solo provoca pérdidas directas reflejadas en menores ganancias de peso, caídas sustanciales en la producción de leche y depreciación en la calidad de las pieles, sino que constituye el principal vector de patógenos hemotrópicos causantes de la babesiosis y la anaplasmosis bovina, enfermedades complejas que elevan la tasa de mortalidad y comprometen la rentabilidad de las unidades pecuarias.
Uno de los obstáculos críticos identificados en las zonas ganaderas del país es el avance acelerado de la resistencia a los acaricidas convencionales, propiciado por el uso continuo, empírico y no dosificado de familias químicas como organofosforados, piretroides sintéticos, amidinas y lactonas macrocíclicas. Ante la pérdida de eficacia de estos tratamientos tradicionales, los especialistas señalan la importancia indispensable de efectuar pruebas diagnósticas de laboratorio —como las pruebas de inmersión de larvas— para determinar el perfil de susceptibilidad específico del hato antes de implementar calendarios de baño o tratamientos tópicos.
Frente a este escenario, se promueve la adopción del Control Integrado de Garrapatas (CIG), un modelo multifactorial que trasciende la dependencia exclusiva de los agroquímicos al incorporar el manejo estratégico de los recursos forrajeros. Prácticas agronómicas como el pastoreo rotacional planificado y el descanso sistemático de potreros permiten romper la fase no parasitaria o de vida libre del artrópodo, favoreciendo la mortandad de larvas por inanición y desecación solar, lo que reduce la carga parasitaria en las praderas sin incrementar los costos de insumos.
El esquema integral se complementa con herramientas biotecnológicas y de manejo genético, entre las que destacan el uso de hongos entomopatógenos (como Metarhizium anisopliae y Beauveria bassiana), vacunas inmunogénicas y la selección de biotipos o cruzamientos con mayor rusticidad y resistencia natural a ectoparásitos (Bos indicus y sus cruzas). Asimismo, la racionalización en las aplicaciones farmacológicas resulta determinante para respetar los periodos de retiro exigidos por las normas zoosanitarias, evitando la presencia de residuos en la leche y la carne destinadas a los centros de consumo masivo y canales de exportación.
La transición hacia esquemas de control parasitario sustentables consolida la estabilidad productiva y la bioseguridad del sector ganadero en México. Al sustituir las aplicaciones químicas reactivas por planes integrales basados en monitoreo epidemiológico, asesoría técnica y salud del ecosistema de pastoreo, los productores logran mitigar los costos operativos, preservar la vida útil de las moléculas terapéuticas y garantizar la inocuidad agroalimentaria a largo plazo.
Fuente: Ganadería.com
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